Ignacio Bórquez Zazueta
En aquellos años, me platicaba mi padre, vino un norteamericano, desmontó un pedazo de tierra y construyó una casa en lo que ahora es el Campo Bórquez, que es ejidal. Luego ese norteamericano vendió y se fue. Mi padre fue quien le compró las 300 hectáreas.
Quien inició el sistema de riego de avenidas del río Sinaloa fue don Blas Valenzuela. El canal, que atravesaba Guasave, se hizo a punta de pala.
Todos los que vivían en Guasave contribuyeron de alguna manera con don Blas Valenzuela para que hiciera ese sistema de riego. Tenían ansiedad de tener tierras con agua para cultivar algo, fueran de riego o de aniego.
El que ayudó a don Blas Valenzuela a encontrar financiamiento para hacer ese canal fue el general Álvaro Obregón, porque también él tenía terrenos en Campo Humaya y Buena Vista.
Don Ignacio Bórquez Seiffert, como todos los que vivían en Guasave, contribuyó con don Blas Valenzuela para que se hiciera ese sistema de riego; y fue don Blas quien lo invitó para que administrara todos esos campos.
Después hizo un ramal mi padre de ese canal para llevar agua y comenzar a regar sus tierras.
En ese entonces él sembraba garbanzo, que se exportaba completamente a España con muy buen éxito de mercado. Los avances eran lentos en esa época, ya que no se contaba con bancos, ni sistemas de riego, ni créditos.
Vino la buena época y los cultivos se intensificaron, pero llegó el agrarismo y Lázaro Cárdenas a repartir la tierra. Guasave fue uno de los más afectados en este sentido y a su padre le quitaron las 300 hectáreas que tenía y que le habían costado tantos años de esfuerzo. Se resintió mucho y clavó el pico; no había forma de que volviera a ponerse bien.
Ignacio Bórquez Zazueta empieza a ayudar a su padre en las labores del campo, siendo muy joven, ya que la educación no era un privilegio del que pudieran gozar; las escuelas eran escasas y las que había no llegaban a ofrecer los grados últimos.
Aquí no había más que hasta cuarto año de primaria. Donde nació Leovigildo [Eduvigildo] Carranza, por ejemplo, había un aula con primero y segundo año; en Tamazula había un aula con primero y segundo también; en La Brecha había primero y segundo en un aula, y en Guasave había tres o cuatro aulas chicas, que estaban donde había sido la Casa Cural; y luego, en mis años, pues éramos muy pocos alumnos.
Para estudiar el sexto año tuvo que asistir al Instituto Sinaloense que estaba en Culiacán, dirigido por Reynaldo González, un gran maestro y periodista. Realizando un gran esfuerzo, su padre lo mandó a cursar el quinto año; en el sexto le dijo:
—Cómo quisiera que hicieras el sexto año allá, pero no vas a poder ir.
Estaba en una etapa crítica, y me fui siempre y le pedí fiado al maestro Reynaldo y a crédito terminé el sexto año. Fue un maestro muy reconocido en aquella época, allá por 1928 ó 1929.
Uno de los compañeros que tuve en esa época fue Atilano Bon Bustamante; me acuerdo que iban gentes de La Pipima, un pueblo que está cerca de Culiacán; iban de Angostura y Guamúchil. De aquí de Guasave íbamos tres personas: Nacho, Ramiro y Vicente Pérez Logan.
Reynaldo González nos quitó un poquito lo tarugo
El sexto grado era el más avanzado en ese tiempo y en ese lugar; les enseñaban taquigrafía, mecanografía y reglas aritméticas. Don Reynaldo era un hombre cabal y sensato y les daba a los 50 alumnos, que en ocasiones llegaba a reunir, desayuno, comida y cena en su casa. Junto a la escuela estaba el internado, donde dormían en cuartos grandes. Estaba como a dos cuadras hacia abajo de Catedral.
Encontrar trabajo fue lo difícil, porque había muy pocas opciones. Por eso Ignacio no podía pagarle al maestro.
En esa época mi familia -éramos ocho hermanos- estaba muy amolada. Después de él nació María de los Ángeles, quien falleció pequeña; después llegó María Luisa, Héctor, Graciela, Pedro, Otilia, Isabel y Francisco. Y aquí ando yo dando guerra todavía a los 93 años; viven Pedro, María Luisa, Otilia, Graciela y María de los Ángeles.
Silverio Trueba, de Guamúchil, era un empresario que controlaba el garbanzo; con él trabajaba Alejandro López en Guasave; Alejandro López financiaba a los ejidatarios para que sembraran, recogía sus cosechas y se las mandaba a don Silverio. También ayudaban al ejido de La Bebelama, anteriormente Hacienda de la Bebelama, un vergel privado que contaba con dos bombas que jalaban el agua del río: una de 36 y otra de 24 pulgadas. Con esas bombas regaban alrededor de dos mil hectáreas; además contaban con una gran cantidad de animales, arados e implementos agrícolas de aquella época.
A Alejandro López le decían Jando Barullos como apodo. Silverio Trueba invitó a trabajar a Ignacio:
—Ayúdame, a ver si se ordena Alejandro un poquito más. Primero comenzó sin que lo llamaran a trabajar, sin preguntar si le iban a pagar ni nada. Pero en cuanto Trueba se dio cuenta le dijo:
—Quiero que me ayudes a mí, no a Jando, y me lo encarrilas y me lo ordenas un poquito.
Ignacio se percató de que nada más tenían un libro y en cada hoja escribían un nombre y la cantidad que le daban en préstamo para trabajar; no firmaban nada, sólo anotaban. Así que se aplicó en la elaboración de un pequeño contrato que había aprendido en la escuela; después les dijo:
—Vamos a comprar unos pagarés, y con pagarés les vamos dando el dinero. La finalidad era organizar un poco esa oficina. Al poco tiempo le informaron que le pagarían cien pesos mensuales.
En mi casa necesitaban ese dinero: eran 3.33 pesos diarios, que en ese entonces rendían porque el kilo de frijol valía seis centavos, la carne 12615 centavos; el hígado lo regalaban; verduras no había. Algunas amas de casa sembraban unas matitas de tomate y cortaban el tomate y lo partían (lo cuarteaban) por la mitad, le ponían sal y lo que no necesitaban de momento lo ponían a secar y lo guardaban para después darle sabor {gusto) con eso a la comida.
Como había tanto monte, crecía el maguey en abundancia
En aquella época, en Guasave, en el monte crecía en abundancia el maguey silvestre y con él hacían mezcal; el padre de Ignacio también le entró y puso un alambique para hacer mezcal. Cosa curiosa: no había cómo guardarlo. Conforme lo iban produciendo lo vendían en damajuanas de 15 ó 20 litros. Después de trabajar durante un año con Silverio Trueba, Ignacio tomó la decisión de retirarse, ya que él se encargaba prácticamente de todo y no observaba avance alguno, sólo el patrón era el beneficiado; llegó a sentirse más independiente y seguro: les realizaba las operaciones de garbanzo, de frijol y de lo que había en la región, embarcaba el producto y lo documentaba. Así que llegó el momento de decir -.Aquí no voy a hacer nada; así es que yo me voy.
—Vean cómo toman la oficina -les dijo. Y le contesta don Silverio:
—Si crees que te pagamos poco te vamos a pagar 200 pesos, o te damos 300 pesos ó 400 pesos.
—No -le dijo-, no es el sueldo. Yo no puedo hacer nada aquí.
Después no podía encontrar trabajo en ninguna parte. Fue un tiempo muy difícil.
Por fin viene Ignacio Gaxiola, muy amigo de su padre, quien había sido el administrador del general Alvaro Obregón, cuando su padre administraba los bienes del general en Guasave.
Gaxiola le dice a su padre:
—Mira Nacho, vengo a pedirte a Nachito para que se vaya conmigo a trabajar. ¿Qué está haciendo ahorita?
—No, no tiene nada qué hacer ahorita.
—Pues hice una sociedad en Tamazula, Guasave, para sembrar legumbres y distribuirlas en Nogales.
Don Nacho Gaxiola era yerno de Manuel Loaiza, quien en aquella época era el distribuidor de toda la maquinaria John Deer, misma que traía de Sonora; eran tractores que venían con llantas de fierro. En Sinaloa vendió una cantidad considerable. También vendió en Tamazula, Durango, a Víctor Preciado, quien resultó un mal cliente que nunca liquidó la compra. Manuel Loaiza cobró el pago con dos bombas grandes de riego propiedad de Preciado.
Entonces don Nacho Gaxiola me dijo:
—Mira, vete a sembrar allá. Son muy buenas tierras y rentas tierras en los ejidos, porque vamos a sembrar 200 hectáreas de tomate y 100 de chile, para que ayudes con algún conocimiento que tú tengas y lo que se gaste ahí tú lo vas a autorizar.
Estaba yo muy joven; tenía unos 28 años.
Gustavo Sánchez, socio de Nacho Gaxiola, siempre exigía que le autorizara la adquisición de elementos que alegaba le hacían falta; también pedía dinero, pero Ignacio no podía hacerlo, así que sólo le recomendaba: No tengo facultades, tú comunícate -el telégrafo era la única manera de comunicarse-pidiendo eso o que me digan que te lo autorice. Esas medidas prudentes, por supuesto, le grangearon el resentimiento de Gustavo.
Gaxiola le encomendó a Ignacio cada vez más responsabilidades: compraba tomate en El Burrión, en Bamoa; le encargaba establecer empaques en diversos sitios. Todo esto, por el modesto salario de cinco pesos diarios, sueldo que destinaba a la manutención de su familia, en la que aún había hermanos muy pequeños.
Mi papá no tenía aquí en qué trabajar; lo de Ciudad Obregón ya se había terminado y el general Obregón le había ayudado para que desmontara también sus terrenos, ya cuando se había construido el canal de Blas Valenzuela.
Los que daban créditos aquí, de una cosecha para otra, eran los comerciantes chinos. Decían Yo te rayo la gente, aunque rayaban con pura mercancía.
La gente ganaba un peso diario de sueldo, y con eso les alcanzaba mejor que con lo que gana la gente ahora, porque todo estaba muy barato: el maíz, el frijol, la carne, verduras no había; ya cuando hicieron el canal Valenzuela, se comenzó a sembrar tomate y a exportarlo a Estados Unidos por medio del ferrocarril. Se empacaba en cajas, a cada tomate le ponían papel y se embarcaba;
había también más legumbres; en alguna temporada le ayudé a mi padre también a administrar el campo.
Cuando don Nacho Gaxiola se retiró me dijo:
—Nachito, me di cuenta que sabes trabajar, administrar, cuidar; eres responsable, búscate un pedazo de tierra y yo te voy ayudar para sembrar tomate; tú siembra por tu cuenta y es tuyo; yo te lo voy a distribuir.
Pero en aquella época yo no tenía dinero y no encontré quién me rentara terrenos que tuvieran agua para hacerlo. Esto fue antes de trabajar con don Carlos Torres.
Ignacio cierra su capítulo con Gaxiola y ayuda a su padre durante un año aproximadamente. En esos momentos conoce a don Carlos Torres, quien controlaba el negocio del despepite de algodón en Ahorne, El Fuerte y Culiacán. Don Carlos se presenta ante Ignacio y lo invita a trabajar con él; le propone que se haga cargo de la compañía de algodón; durante el primer año, le estuvo indicando cuándo y dónde comprara el algodón:
—Quiero que compres un poquito de algodón aquí.
Y compré muy poco el primer año; el segundo año me dijo:
—Mira, quiero que des facilidades con semilla y amplíes este asunto, y ya como veamos la siembra les damos un poquito de dinero.
Y así se comenzó; pero eso se fue ampliando y ampliando con éxito, y don Carlos Torres, al final, me daba para gastos personales; pero aunque las ganancias eran un porcentaje importante, yo no recibía utilidades.
Don Carlos Torres era muy exigente y el cuidado que Ignacio debía tener con las inversiones, lo fue templando y le permitió adquirir experiencia. Él se hacía responsable de los envíos a El Fuerte, Los Mochis y, principalmente, a Culiacán.
Permaneció con don Carlos Torres alrededor de 12 años.
Recuerdo que me preguntaba:
—¿Te debe fulano?
—200, 500 o mil pesos -le contestaba yo-: Don Carlos, le ayudamos para tantas hectáreas y usted recibió tanto algodón; aún debiendo, usted gana.
—Olvídate de lo que gano -decía-, acuérdate que me deben.
Llegó el momento en que Carlos Torres dijo:
—Ya no quiero que me deba nadie; tú vete por tu cuenta. Esto va a ser por tu cuenta. Yo te voy a prestar el dinero y yo te voy a comprar algodón a ti nomás.
Se podría decir que aquí se marcan los inicios de Ignacio Bórquez en su empresa personal. Había adquirido experiencia y excelentes contactos por la
misma relación laboral hasta ese momento ejercida de una manera clara y transparente.
Llegó a venderle al mismo Carlos Torres hasta mil toneladas de algodón.
Llegué a tener 15 camionetas por mi cuenta, distribuidas por los campos.
Don Carlos me compraba muy barato el algodón, y yo me veía bastante presionado para venderlo a precios más bajos que los del mercado; hasta que un año me presionó mucho para que vendiera grandes cantidades de algodón; acababa de hacer con él una operación de mil toneladas, y que me manda un contrato y un recado: Firma el contrato. Mire -le mandé decir-, no hemos hablado del contrato, y yo no sé si deba hacerlo o no.
Yo liquidaba todos los años y me quedaba sin dinero
A los doce años de estar trabajando de esta manera, Ignacio le entregó en una ocasión más de tres mil toneladas de algodón. Fue una operación muy ventajosa para él.
Un kilo de algodón aquí valía más que si yo le hubiera vendido mil toneladas a él. Por eso cuando la operación quedó terminada, le dije:
—Mire don Carlos, no me acaba de conocer usted. Hemos hecho muchas operaciones y estos contratos que ahora está pidiéndome que firme no me están gustando; apúntelo como apuntaba antes, en partidas chicas, y le voy a cumplir, no le voy a firmar contrato ni nada de eso.
Y le exigí que se hicieran a la palabra.
Pues al final le pagué las mil toneladas y ya fui a liquidar. Fue cuando salí ganando unos 200 mil pesos.
Mientras estuvo bajo la tutela de don Carlos Torres, Ignacio gozaba de prestigio; el Banco del Noroeste, en Guasave, le abrió una línea de crédito por la muy respetable cantidad de 800 mil pesos, lo cual le pareció muy bueno a su anterior patrón, ofreciéndose a cubrir él mismo el monto de los intereses generados por el crédito.
Lograron hacer una venta -ese año- de aquellas tres mil toneladas; fue un año muy bueno para Carlos Torres y, para Ignacio, el mejor, ya que logró ganar la cantidad de 200 mil pesos; gracias a los cuales logró independizarse.
Volvió con él y le dijo:
—Don Carlos, tenemos tantos años trabajando; hemos hecho muchas operaciones, que primero eran chiquitas y fueron creciendo y creciendo, y ahora ya están grandes; pero yo quiero que me dé una carta donde diga que yo le he cumplido siempre, y que estamos a mano ahorita.
—No -me dijo-, no te doy nada.
—¿Por qué? -le dije-, ¿qué quiere?
El caso es que no se la quiso dar. Dejó de verlo alrededor de ocho días, para regresar mucho más decidido.
—Oiga, tengo derecho a que me dé la carta.
—¿Por qué? -me dice.
—Porque es un documento que quiero conservar; ya no le debo ni me debe y le he cumplido todo.
Y ahí mismo escribió en un papel y firmó. Dejé pasar unos días y volví a hablar con él.
—Oiga, don Carlos, usted no me quería dar la carta y la carta sí tenía propósito. Ya no voy a trabajar con usted y no quiero darle la oportunidad de decir que no vine a decírselo personalmente. Dígame quién va ser el que tome mi lugar para enterarlo de todo lo que quiera.
—Pero ¿por qué no? Déjate de cosas -le dijo-; tú y yo hemos estado muy bien.
—Pues sí -le dijo-, estamos muy bien, pero yo ya quiero trabajar con eso que ya gané. Voy a ver qué comienzo a hacer.
—Pero eso es poco -le dijo.
—Si es poco, poco voy a hacer.
—No -me dijo-, yo no voy a mandar a nadie, y olvídate de esto.
—Pues yo cumplo con venir a decirle que no quiero nada con usted ya.
Carlos Torres había ganado mucho todos los años; mínimamente le mandaba mil, dos mil toneladas, pero ese año eran más de tres mil toneladas en volumen; una cantidad muy grande.
Esos 200 mil pesos que Ignacio ganó en doce años, era mucho dinero para él, pero era muy poco, tomando en cuenta lo que don Carlos Torres había ganado.
Sin embargo, Ignacio reconoce que el haber trabajado con él fue toda una escuela, un completo entrenamiento para la carrera empresarial.
Entonces me vine aquí con 200 mil pesos y los deposité en el banco y alguien llegó y me dijo:
—Oye Nacho, tengo un poco de garbanzo que no lo he podido vender y está almacenado en Almacenes Nacionales de Depósito. Mira, aquí está el certificado, te lo vendo.
Le compré el certificado. Luego me cayó otro y otro. Compré los 200 mil pesos de garbanzo, y luego me llegaron otros clientes que supieron que estaba comprando.
Acudió con Alvaro Miranda, gerente del banco, y le recordó sobre la línea de crédito que había abierto para él -cuando estaba con don Carlos
Torres-, preguntándole: ¿Qué pasó con esos 800 mil pesos? ¿Ya no tengo crédito directo?
—Sí -dijo-, ahí está. ¿Quieres dinero? Ya nos dimos cuenta de que sabes trabajar. Puedes disponer de ellos.
—A ver pues -le respondió Ignacio-, préstamelos a 90 días. Oye, pero si no puedo pagarte en los 90 días, ¿me renuevas?
—Sí, te renuevo otros 90 días -confirmó Alvaro.
Se arriesgó y continuó con la compra de garbanzo
Realizó un viaje a Culiacán y visitó al director de Ventas a España, quien manejaba las exportaciones de todos los garbanceros de Sinaloa y Sonora. Éste le dijo:
—Estuvo muy bueno que hayas comprado, mi Nacho. Tienes mucha oportunidad.
Ignacio estaba muy consciente del tremendo riesgo y del atrevimiento todavía mayor al poner todos los huevos en una sola canasta: compró un millón de pesos de garbanzo para exportarlo a España, donde la fortuna le sonrió triplicando las ganancias al venderlo completamente. El banquero confió en él, sin ninguna garantía, porque lo único que tenía eran los 200 mil pesos de garbanzo y una cucarachita que había comprado en 3 mil 500 pesos, un carrito viejo; y con eso se triplicó el dinero; yo me sentía fuerte.
En ese tiempo ya se había convertido en todo un hombre de familia. Mi esposa se llama Esperanza Sáinz, y vive todavía. Tuvimos siete hijos. Ya murió el primero, Radamés, a los 49 años, y me quedan seis; la segunda fue Yolanda; la tercera María de los Ángeles, Ileana, Maritza, Esperanza y José Ignacio fue el último.
Existen hombres con estrella e Ignacio traía la suya consigo; pero nada hubiera sido posible sin la década de aprendizaje y práctica llevada a cabo. En ese premonitorio año quedó cifrada la huella que dejaría adelante. Conservó su dinero y oía de quienes le ayudaban en el algodón sus preguntas:
—Oye Nacho, ¿ya no nos vas ayudar con el algodón?; ¿vas a sembrar garbanzo? -le preguntaban.
Y comenzó a llevar a cabo con algunos de ellos operaciones a futuro. Quería ver la siembra, así como visitaba antes a los clientes de algodón, conociendo el valle y a la gente; sí sabía quiénes eran positivos, quiénes pagaban y quiénes no. Invirtió muy poco.
Fue hasta el siguiente año cuando volvió a repetir la hazaña con iguales y benditos resultados. Volvía repetir la misma cosa: comprar certificados para
otro ciclo. Fue un año fabuloso también para el garbanzo y se volvió a vender terriblemente y quedó más dinero.
Ignacio reconoce que la confianza brindada hacia él tanto por el banquero como por quienes lo rodeaban fue y ha sido factor fundamental en sus triunfos.
Después de ese segundo y prolífico año, su olfato y su intuición le indicaron no arriesgar una temporada más: los antecedentes le marcaban épocas malas en la venta de la leguminosa y recordé que el garbanzo en unas temporadas no se había podido vender uno, dos y tres años, se había dilatado; y ahora ya se había vendido dos años muy rápido.
Qué tal si se viene un año malo; ya pasaron dos años muy buenos y se puede venir un año malo de garbanzo. Además, lo que he trabajado más es el algodón.
Así que decide entrar de nuevo en el terreno del despepite del algodón, ya bien cimentado económicamente. Entonces me dieron el pitazo de que en Culiacán, un español de apellido Cambera, que vivía en Dallas, había puesto un despepite en Culiacán, y sólo había hecho seis mil pacas y ya no lo trabajaba; estaba parado. La buena ventura seguía de su lado, ahora en voz de alguien que le aconseja:
—Nomás no vayas a pedir informe al que está ahí cuidando todo porque él va a querer participar, y es un canijo. Consigue cómo comunicarte directamente con el dueño.
Éste le dijo:
—Tengo uno en Culiacán y otro en Hermosillo. Si te interesan los dos, te vendo los dos.
—No -le aclaró-, no me interesan los dos, me interesa uno nada más.
—Bueno, tal día estoy en Hermosillo. Ahí nos vemos.
Con la adrenalina corriendo por sus venas, ante la emoción de entrar de lleno en lo suyo, raya en el asfalto su flamante Chrysler rumbo a Hermosillo; su compañero en esta aventura es su cuñado Enrique Balderrama; para su sorpresa no encuentra su destino en la ciudad sonorense, sino hasta Dallas, donde se encontraba el personaje motivo de su viaje.
—Oye -le dije a Enrique-, vamonos a Dallas.
—Pero si nada más trajimos ropa para venir a Hermosillo.
—¿Me acompañas? -le dije.
—Sí te acompaño.
Y nos fuimos. Llegamos a Nogales, sin pasaporte, porque íbamos a ir y venir a Hermosillo
Llegamos y ahí yo tenía un amigo con el que hacía muchos negocios, David Káram. Era muy buena persona, y le dije: Oye aquí estamos, queremos un permiso provisional, y nos consiguió todo. En ese entonces todo era muy fácil. Le expliqué lo que pasaba; inclusive le pedí unos dólares, y nos fuimos a Dallas en mi carro. Llegamos allá y nos presentamos con Cambera e hicimos el trato; yo ya estaba ducho para dictar contratos, porque venía de hacer tantos contratos con don Carlos Torres, y comencé a dictárselo a una muy buena secretaria que hablaba español; era el contrato de la compraventa de la despepitadora. Para entonces yo ya la había ido a ver de punta a rabo; me la grabé muy bien y la transcribí en el contrato. Terminé de dictárselo a la secretaria, me lo firmó el español y lo firmé yo también.
—Oye -me dijo Enrique-, no te conocía esta cualidad de dictador.
—Con los golpes aprende uno y con la experiencia de la vida -le dije.
A su padre, después de la expropiación hecha por Cárdenas, le quedaron solamente 6.5 hectáreas en el Campo Bórquez; como heredero de ese título, Ignacio se lo ofrece a Arnulfo López más una suma de dinero por los terrenos donde instalaría su primera despepitadora, en Guasave, lugar donde actualmente se encuentran.
Estaba instalando el despepite ya, y yo dije voy a instalar con la misma gente que me traiga a maquilar a ver cómo me va. Cuando uno está joven se avienta como el borras a ver qué resulta.
Don Carlos Torres, quien no le perdía huella, tampoco pierde tiempo y en cuanto se dio cuenta, vio que estaba instalando el despepite y ahí viene con todo y señora.
—Vengo a que me invites con mi señora a comer contigo. Supe que hiciste esto; qué barbaridad, cómo me mortificas -le dijo-, te separaste porque quisiste, tan bien que la llevábamos, y te pones a hacer esto, es muy peligroso; a ver, yo quiero asociarme contigo.
—Don Carlos -le respondió-, muchas gracias, pero déjeme ahorita, si yo tengo necesidad de alguna cosa yo voy con usted.
—No -le dijo, y siguió insistiendo.
Don Carlos tenía tres despepites: uno en Culiacán, otro en El Fuerte y uno más en Ahorne, pero en Guasave no tenía, motivo por el cual insistía en asociarse con Ignacio.
Apenas se estaba instalando cuando llega un norteamericano, que representaba a una compañía americana llamada Felder.
Y le dice el extranjero:
—Oye, ¿de quién es este despepite que estás instalando?
—Es mío -le dijo.
—No -le respondió-, tú trabajas con Carlos Torres.
—Trabajaba -le explica Ignacio.
—¿De veras es tuyo?
—Oye -le dijo-, ¿por qué lo dudas?, ¿qué quieres ver?, ya tengo la documentación del despepite, si quieres verla. Estoy instalando.
Esto ocurría en el año de 1953. También estaban construyendo la oficina en la que actualmente labora y donde nos dimos cita para llevar a cabo esta entrevista.
—Oye -siguió con las preguntas-, ¿y cómo piensas manejar esto? Hablaba muy bien el español.
—Mira -le dijo-, voy a instalarlo y tengo con qué instalarlo. Si me cae algo de maquila, yo voy a trabajarlo.
—Bueno -tanteó-, ¿no quieres dinero?
—¡Cómo! -exclama-, si eso es de lo que padezco. Dinero tengo para poner el despepite, pero no tengo para comprar.
—Sí, ya tengo conocimiento tuyo, tengo muy buenas referencias de tu conducta. Yo te presto el dinero que necesites para que compres algodón.
—¿Y qué garantías quieres? -se puso a la defensiva Ignacio-, porque no tengo.
—No, ninguna. Tú firma un pagaré.
Después de esto conversan sobre su sistema de trabajo con don Carlos Torres, cómo manejaba a la gente; así que el norteamericano le pregunta:,
—¿Quieres darle dinero anticipado a esas gentes ahorita para asegurar más algodón?, ¿te doy?
—¿En qué condiciones?
—Seis por ciento anual en dólares. Si no te doy el precio al que ande o se te queda el algodón, se lo vendes a otro y me das a mí el dinero; me devuelves el dinero con intereses al seis por ciento.
¡Cuándo iba yo a tener esas oportunidades! Pues tomé los dólares y no me puso tasa.
Así que cerraron el trato por alrededor de 300 mil dólares y buscó a la gente que estaba sembrando algodón. Oye, ¿que hay de algodón aquí?, pues miren, aquí están unos centavos.
Ignacio tuvo que lidiar con la furia de don Carlos, quien al momento de la cosecha se presentó con él reclamándole, pero Ignacio, conciliador, le propuso:
—Mire don Carlos, yo puedo hacer un compromiso con usted; le vendo las pacas de algodón o le vendo la semilla. Y si usted me paga el mismo precio, se lo vendo y si no me paga el mismo precio, no se lo vendo.
El norteamericano tenía su propio avión y su oficina en Culiacán. Él piloteaba, iba a Guasave, y en un llano, que funcionaba como campo aéreo, aterrizaba.
En una de ésas hizo una visita para informarle que Felder, el dueño de la empresa que representaba, tenía interés en conocerlo, ya que planeaba seguir trabajando con él. Así que Ignacio Bórquez Zazueta acepta visitarlo en Dallas, donde vivía. Felder le toma tal confianza al grado de enviar a su hijo a México para que supuestamente practicara, pero en realidad era un joven demasiado inquieto. Ya no hallaba yo qué hacer con él. Su padre me había dicho que él iba a pagar el sueldo que yo le iba a poner, porque era empleado mío. Pero se la pasaba correteando aquí a los chamacos quitándoles los caballos para andar en ellos y correteando en ellos. Era un chamaco de unos 23 ó 24 años.
Ignacio Bórquez, como pez en el agua, crece cada vez más con su negocio. Incursiona en refaccionar a los sembradores, otorgándoles créditos pero ya como empresa Bórquez, S.A.
Con esfuerzo y tesón, pero sobre todo con honradez, es como se logró una base fuerte cimentada en la confianza de quienes lo rodearon; así fue como a Ignacio se le abrieron las puertas, los bancos le prestaban, principalmente Rodolfo Esquer, quien le decía:
—Nacho, lo que quieras.
Llegó también, por parte de Banoro, la invitación a ser socio de la institución. Felder lo invitó a un club privado en Dallas, en el que, según le informaron ellos, por la sola inscripción para ingresar cobraban 100 mil dólares en aquella época; y el socio que quisiera entrar, tenía que esperar cinco años, tiempo en que lo examinaban antes de aceptarlo o no.
Pues el hijo de Felder aprendió rápidamente español durante su estancia en Guasave, porque para eso sí era listo; y con él fui a Dallas; entonces su padre me llevó al club y me dijo: —Nacho, yo quisiera que pusieras más despepites en Sonora.
Él me había dado otro despepite a los dos años de haber puesto yo el primero. Recuerdo que me dijo:
—Te voy a mandar otro.
—Mándemelo -le dije-. ¿Cómo se lo voy a pagar?
—En tres años, ¿te parece bien? -me dijo.
Aquí mismo en Guasave puse el otro despepite.
Pero el otro que quería que pusiera en Sonora no lo quise.
—Yo te puedo dar el dinero que necesites -me dijo Felder.
—Pues no -le digo-, yo con los dos tengo.
Ignacio llegó a manejar 25 mil pacas de algodón anualmente por 30 años, y en el valle le sembraban 70 mil hectáreas de algodón; había una veintena de despepites en todo el norte de Sinaloa, mismos que ahora están inactivos.
Aún estando inmerso en la opulencia del club de Dallas, con su socio Felder, no perdió un ápice de la franqueza característica del mexicano.
Estábamos en el club en Dallas en la comida cuando me pasó algo muy curioso. Llega un gringote grande y Felder hijo me dijo en español:
—Nacho, este señor que te vamos a presentar es un fuerte ganadero en Texas.
Llegó el señor y ya le dijo Felder que hacía negocios conmigo; yo nunca aprendí inglés. Nunca tuve la oportunidad. En cuanto le dijeron en inglés quién era yo y que estaban haciendo negocios conmigo en Sinaloa, además muy bien -seguramente eso le dijeron-, dice el norteamericano dirigiéndose a mí:
—Yo quiero contigo poner un rancho ganadero; yo pongo todo el ganado y el dinero para tenerlo en México. Entonces Felder hijo me lo tradujo.
—Oye Billy-le dije al hijo de Felder-, dile que si mi presencia le gustó para reírse de mí; que no tiene derecho de proponerme un negocio si no me conoce; yo no le estoy faltando el respeto; para mí es una falta de respeto que él me proponga negocios si no me conoce.
—No, no, no, Nacho -dijo el muchacho. Y ya le tradujo al gringo.
—No es cierto -dijo el gringo-; ahora dile tú, Billy, que si está sentado aquí es porque merece estar sentado aquí; nadie puede entrar o traer un invitado aquí que no merezca; y dile que yo le cumplo y le digo que no necesito más referencias de él, además de estar aquí sentado.
—Entonces dile ahora en respuesta que es muy riesgoso hacer un negocio de ganado grande en México como él me está proponiendo, por la cuestión agraria; uno no puede hacer negocios de éstos porque la cuestión agraria puede afectar y su dinero perderse; y no va a perder dinero por mi conducto.
—Ya ves -dijo Felder- es un hombre serio.
Después Ignacio va a la tierra de otro gran sinaloense, Raúl Cervantes Ahumada: al ejido El Amolé, que no tenía agua ni riego. Trabajó ahí durante dos años; le puso un equipo de bombeo y lo refaccionó por completo; necesitaba algodón también para la planta; es el momento en que decide meterse en serio a refaccionar, a hacer contratos, a comprar a futuro, y en toda una serie de cosas que se vinieron en cascada, unas favorables y otras no; también compró terrenos agrícolas para toda la familia, los que está trabajando en estos momentos. Está sembrando papa y maíz en dos campos agrícolas de su propiedad; también supervisa un empaque legumbrera y el despepite; éste
último ha tenido que cambiarlo de lugar debido al crecimiento habitacional porque ya. hay casas por todos lados; levanté e! despepite de aquí y lo puse en otro lado, y antes lo trabajaba por la 17, porque yo no tenía un campo; en estos momentos no funciona ninguno, porque todo se importa y resulta más económico que producir.
Otro de sus negocios fue una fábrica de cal. La puso en Tóbora, en unos terrenos por la carretera internacional, lugar donde hay un yacimiento grande de cal.
Se trajo la tecnología más avanzada de España, instaló un horno de cal y empezó a producir;
pero el sindicato, lo más horroroso que yo he tenido, me destrozó los hornos y el Sindicato de Cal y el Sindicato de Cemento, que pertenecen a un solo sindicato en México, que es federal, y que es lo más horroroso que yo he padecido en la vida, me destrozaron todo, a tal grado que tuve que comprar al líder que estaba aquí como representante para indemnizar a todos los trabajadores y cerrar el negocio.
Vino enseguida una persona de Toluca que tenía una planta allá y me lo compró; le pasó igual o peor; le costó la vida por los problemas que tuvo; se enfermó y se murió.
Otro rubro que como hombre de campo no podía soslayar es el de los caballos; a la par que sus negocios se ha dedicado durante más de 40 años a la cría de este noble y brioso animal. Confiesa que ha tenido la suerte de adquirir algunos muy buenos. En su casa son muchos los trofeos ganados en las carreras y recientemente estuvo en Kentucky, cuna de criaderos de caballos pura sangre: la más grande del mundo, la más prestigiada, y sede del famoso Derby.
Sus palabras, a la par que sus ojos, vibran y brillan por la emoción al tocar este tema. Y no deja de estar presente el empresario en todo momento.
Acabo de estar en Kentucky y compré unos caballos que tienen mucha historia. Las carreras más importantes son tres: Kentucky Derby, Preakness y Belmont State. El caballo que gana esas tres carreras, cállese la boca, no lo venden en 40 ó 50 millones de dólares.
Y precisamente compré también porque me hacía falta un semental, y se me calentó la mano y compré algunas yeguas.
Los caballos no son un hobby, es una industria. En Estados Unidos en años pasados estaba considerado que a la industria del caballo no la superaba más que la petroquímica y el petróleo; rebasaba el acero, las fábricas de automóviles. Es que se crían 50, 55 ó 60 mil caballos en Estados Unidos anualmente; es el país más exportador de caballos y que importa también.
Yo crío, vendo y corro caballos en México, y tengo unos trofeos del mejor criador de la República mexicana; pero tuve un trastorno de seis años, que fue lo que duró cerrado el hipódromo.
Habla con orgullo de uno de sus caballos triunfadores, el Villano, que rompió el récord en el Hipódromo de las Américas y lo sigue ostentando. Comenta de las carreras en las que han participado sus caballos en California, Boston, Nueva York y Florida.
Hace énfasis de lo bueno de esta industria, nada apreciada y valorada en México; caso contrario de Argentina y Brasil donde es muy fuerte con una producción de 11 y 12 mil caballos al año.
Nuestro entrevistado se despide de esta conversación con el rostro todavía reflejando las vivencias y recuerdos retomados a lo largo de estas horas, en el privado de una oficina muy acogedora en cuyo recinto llovieron las palabras que lo llenaban de imágenes, así como la lluvia afuera llenaba todo de vida.
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